La académica Paola Poch, investigadora del Departamento de Silvicultura y Conservación de la Naturaleza de la Facultad de Ciencias Forestales y de la Conservación de la Naturaleza de la Universidad de Chile, expuso en el Seminario Antumapu, instancia de encuentro científico organizada conjuntamente por la Facultad de Agronomía y la Facultad de Ciencias Forestales y de la Conservación de la Naturaleza de la Universidad de Chile. Su charla, titulada "Naturaleza invisible. Zonas áridas, identidad y decisiones para habitar territorios extremos", propuso un cambio de mirada profundo sobre los ecosistemas áridos y semiáridos del país: lo que a primera vista parece vacío, roca o desolación esconde, a otras escalas, una biodiversidad extraordinaria, funcional y evolutivamente singular, que merece ser conocida, valorada y protegida.
Una naturaleza que se revela al cambiar de escala
El punto de partida de la charla fue una pregunta aparentemente simple: ¿qué vemos cuando miramos una imagen de una zona árida? La respuesta más frecuente, reconoció la académica, es vacío, escasez, rocas o desolación. Sin embargo, esa percepción depende enteramente de la escala desde la que se observa. Mientras las imágenes satelitales a gran escala parecen confirmar ese vacío, al descender de escala aparece un mosaico de vida: comunidades de plantas que interactúan entre sí, con rasgos morfológicos y fisiológicos que les permiten sobrevivir en condiciones extremas.
"Si cambiamos nuestra perspectiva y descendemos la escala, podemos ver que el vacío se desvanece", señaló Poch, invitando a la audiencia a mirar la zona árida con nuevos ojos, reconociendo en ella singularidades que la hacen no solo fascinante desde el punto de vista científico, sino también valiosa y digna de conservación.
Rasgos funcionales: el lenguaje secreto de la flora árida
Una parte central de la exposición estuvo dedicada a los rasgos funcionales, características morfológicas y fisiológicas que permiten a las plantas adaptarse a condiciones de estrés extremo: déficit hídrico severo —menos de 300 milímetros de lluvia al año en muchas zonas—, temperaturas extremas con grandes oscilaciones diarias, suelos pobres en nutrientes, alta radiación y viento permanente.
A partir de investigaciones realizadas en más de 65 localidades del norte de Chile, que abarcaron más de 851 especies entre Arica y Coquimbo, la académica analizó cómo estas plantas desarrollan estrategias de adaptación diversas: presencia de tricomas y estructuras protectoras superficiales, raíces profundas o dimórficas para capturar agua en distintas capas del suelo, rutas fotosintéticas especializadas como el metabolismo CAM —propio de plantas suculentas—, y una notable plasticidad en ciertos rasgos al cambiar de ecosistema.
Uno de los hallazgos más relevantes fue identificar que la estrategia funcional dominante varía según la latitud y el gradiente de aridez: en las zonas más áridas del norte, como Antofagasta y Atacama, predominan especies con mayor suculencia y mecanismos de protección superficial, mientras que hacia el sur la diversidad de estrategias aumenta. Asimismo, el estudio reveló la existencia de transiciones entre estrategias funcionales, como plantas con metabolismo C3 que incorporan características del CAM, evidenciando la capacidad de adaptación plástica de la flora árida chilena.
Diversidad invisible: comunidades únicas en el espacio
La charla avanzó luego hacia una escala mayor, la de las comunidades vegetales, para explorar cómo se distribuye espacialmente la diversidad taxonómica, funcional y filogenética de la flora árida. Uno de los resultados más destacados de estos estudios fue constatar que, en las zonas más áridas, existe una convergencia funcional: aunque las especies pueden ser filogenéticamente diversas —con largas historias evolutivas distintas—, sus estrategias funcionales tienden a parecerse, como resultado de la presión ambiental extrema que actúa como filtro.
Al espacializar estos resultados, la investigación permitió identificar comunidades de alto valor ecológico por su singularidad funcional o evolutiva: lugares donde la diversidad de rasgos es excepcional, o donde conviven especies únicas en sus características morfológicas y fisiológicas. Estos patrones, precisó la académica, son espacialmente específicos, lo que los convierte en información directamente utilizable para definir dónde concentrar los esfuerzos y recursos de conservación, que siempre son escasos.
De la ciencia a la decisión: un índice de valor ecológico para la flora xerofítica
Uno de los aportes más concretos presentados por la académica Poch fue el desarrollo de un índice de alto valor ecológico para la flora xerofítica del norte y centro de Chile, en el marco de un proyecto financiado por el Fondo de Bosque Nativo. La motivación de esta iniciativa fue directamente normativa: la Ley de Bosque Nativo establece la obligación de conservar y proteger las zonas de alto valor ecológico, pero no define con precisión qué variables deben medirse para determinarlo.
El proyecto abordó ese vacío, construyendo criterios cuantitativos que integran la singularidad de las especies, su valor evolutivo y funcional, las categorías de conservación, las funciones hídricas del territorio, la calidad del suelo, los refugios climáticos y el papel de la vegetación como soporte de la fauna. Con ello, el índice proporciona una herramienta objetiva y replicable para que tomadores de decisiones —entre ellos la Corporación Nacional Forestal (CONAF)— puedan identificar y priorizar zonas de conservación con mayor precisión y fundamento científico.
Para facilitar la transferencia de este conocimiento más allá de las publicaciones académicas, la académica presentó además el desarrollo de FABE (Flora y Áreas de alto valor ecológico en Chile), una plataforma digital que integra documentación científica e indicadores espaciales, permitiendo a cualquier usuario visualizar y consultar el comportamiento del valor ecológico en distintos polígonos del territorio.
El territorio como sistema: más allá de la botánica
En la parte final de su presentación, la académica Poch amplió la mirada hacia el territorio en su conjunto, subrayando que los ecosistemas áridos no pueden comprenderse únicamente desde la botánica o la ingeniería forestal. Un territorio integra ecosistemas marinos, terrestres y humanos; turismo, multiculturalidad, proyectos de impacto ambiental y múltiples dimensiones que requieren enfoques interdisciplinarios.
En ese marco, presentó su participación como responsable de datos en el proyecto de Línea Base Pública de Antofagasta del Ministerio del Medio Ambiente, iniciativa que evidencia cómo el conocimiento científico sobre la flora árida puede articularse con la política pública y la planificación territorial a escala regional.
La exposición de la académica Paola Poch en el Seminario Antumapu dejó en la audiencia una certeza: la naturaleza de las zonas áridas chilenas no es invisible por estar ausente, sino por no haber sido suficientemente mirada. Y en ese cambio de mirada —de la escala satelital al rasgo funcional, de la especie al territorio, de la ciencia al instrumento de decisión— reside uno de los aportes más valiosos que la investigación forestal y ecológica puede hacer al futuro de la conservación en Chile.
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